A los 78 años recorrió la Patagonia sola en auto: «El invierno es cuando se ve todo mejor»

A los 78 años, una mujer guardó en el baúl un termo, un par de cadenas y un mapa de papel. Salió al alba con un plan sencillo: avanzar hacia el sur mientras la luz y el ánimo alcanzaran. «No voy a correr contra el tiempo, voy a viajar con él», dijo, y encendió el auto como quien enciende una candela en la nieve.

El asfalto, más vacío en temporada fría, le ofrecía un espejo ancho donde verse entera. Al fondo, unas montañas azulísimas, el viento afilado, y esa promesa que solo dan los caminos: «Si dudas, sigue; si te pierdes, aprende».

El impulso de salir

No hubo gran épica, solo una decisión nítida. «O me quedo quieta hasta que el cuerpo se oxide, o pruebo qué tan flexible sigo siendo». Eligió la ruta, y en esa elección se eligió.

El frío no fue un obstáculo, sino una alianza. «El invierno despeja la vista, limpia el aire, hace brillar los contornos», repitió. Océanos de cielo, menos turistas, horarios más cortos, y una intimidad que la hizo escuchar su propio paso.

Preparativos sencillos y sabiduría acumulada

No cargó la casa a cuestas: pocas capas, buen abrigo, un par de mantas y cadenas. El resto, saber cuándo parar y a quién preguntar. «La prudencia es una llave: abre y nunca tranca», sonrió.

Llevó papel y lápiz para anotar distancias, una linterna pequeña y un mate que la acompañó en cada curva. «La batería se agota, la intuición no», bromeó, sin despreciar el GPS pero confiando en su ojo para leer el cielo.

La ruta en silencio: vientos, colores y hallazgos

En la 40, el viento le movía el pensamiento y el auto por igual. Guanacos a la vera, charcos congelados, un cóndor que ensayó una sombra larga sobre el capó. «La soledad aquí no pesa, se airea», murmuró.

Bariloche al fondo con sus orillas desiertas, El Chaltén en pausa contemplativa, y el Perito Moreno estallando en crujidos como si el hielo hablara en secreto. «Cada grieta es una frase, cada azul, una respuesta», apuntó.

En pueblos mínimos encontró pan tibio y miradas atentas. «Hay menos ruido y más gestos», dijo, dejando propinas largas y agradecimientos en voz baja.

Seguridad sin paranoia

Manejó de día, sin apuros, y avisó su posición a dos o tres personas. «El miedo es un copiloto útil, pero no el que decide», repetía como un mantra llano.

Cargó combustible antes de la mitad del tanque y jamás forzó una curva helada. Si había viento blanco, un café caliente y un libro eran plan suficiente. «Saber esperar también es avanzar».

Encuentros breves que dejan huella

Un mecánico en Gobernador Gregores le prestó un gato mejor; ella le regaló un frasco de mermelada casera. En Tres Lagos, una maestra le contó que el aula se llena de bufandas y de silencios atentos. «Los chicos preguntan por el mundo; yo ahora vuelvo con respuestas distintas», pensó.

En una hostería, una pareja joven le ofreció llevarla hasta el glaciar; ella agradeció y prefirió ir sola. «No estoy sola, viajo conmigo», dijo, y sonó como un rezo alegre.

Consejos prácticos para quien sueñe con hacerlo

  • Lleva menos de lo que crees, pero mejor de lo que sueles: buen abrigo, cadenas, luz frontal, botiquín.
  • Planifica tramos cortos y siempre de día; avisa tu ruta y respeta el clima.
  • Prioriza estaciones de servicio y ferreterías de ruta; ahí se resuelven la mitad de los problemas.
  • Confía en la gente sin perder el criterio: pregunta mucho, decide tranquila.
  • Guarda energía para mirar: una parada de cinco minutos a veces vale más que cien kilómetros.

Lo que cambia con la edad

No se conduce igual a los veinte que a los setenta y tantos. El cuerpo pide pausas frecuentes, y eso, lejos de un límite, fue ritmo. «La impaciencia es un lujo caro; la calma, una ganancia segura», anotó.

La vista afinó su gusto por los detalles: la huella de un zorro, una nube en forma de vela, la piedra que el deshielo dejó al descubierto. «Menos vértigo, más asombro».

El hechizo del invierno

En una banquina sin nadie, el sol bajo encendió la estepa en dorado pálido. El vidrio empañado dibujó arabescos que el dedo trazó con ocio antiguo. «El invierno es cuando se ve todo mejor», dijo en voz baja, y el viento le creyó.

Volvió con nieve en las botas, un mapa arrugado y el corazón más grande. No trajo hazañas, trajo medidas: del miedo justo, del placer lento, de la vida que sigue abriéndose camino mientras uno avanza. Y en esa medida, encontró su Norte, mirando hacia el Sur.

Miguel Álvarez

Autor

Miguel Álvarez

Periodista especializado en transporte urbano y movilidad cotidiana. En TransOnline explica recorridos, tarifas y cambios que afectan a los pasajeros en Argentina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *