El primer día el viento me pegó una cachetada y la cordillera se plantó como una pared azul. No tenía más que una mochila flaca, una carpa arrugada y la terquedad de seguir. A veces la suerte es un perro arisco: se acerca, te huele, y si no te movés, se queda. En el sur aprendí a no correr, a esperar con un mate tibio y una sonrisa desconfiada.
Primeros pasos con los bolsillos vacíos
Bajé del colectivo en una ciudad de lagos, con el celular en modo avión y los ojos en alerta máxima. Pregunté por un hostel, ofrecí cambiar horas por cama, y el dueño me miró las manos: “Si sabés lavar platos, ya tenés tu lugar”. Esa misma noche pelé papas, barrí pasillos, y aprendí que la dignidad también se gana con espuma.
Dormí en cuchetas frías, escuché conversaciones en portuñol y conocí a un francés que decía amar el asado sin entender la espera. Entre mochilas rotas y mapas grasientos, tracé una ruta que no era un camino, sino una apuesta. “Quedate hasta la temporada”, me dijeron, y me quedé hasta que el paisaje empezó a tutearme.
Oficios de temporada y mate compartido
En verano fui ayudante de cocina, aprendí a filetear truchas con un cuchillo cansado y a escuchar chistes del fogonero que nunca se repetían igual. Cuando llegó la cosecha, agarré changas en una quinta de frambuesas y volví a casa con dedos rojos y un orgullo simple. “Acá nadie te pregunta de dónde venís si laburás con ganas”, me dijo una vecina, mientras cebaba un mate que sabía a invierno y a confianza.
El trueque fue mi moneda secreta: un arreglo de bicicletas por dos noches en habitación, una estantería nueva por cenas con postre. Las ferias del fin de semana me enseñaron a vender con una sonrisa y a perder el miedo a lo improvisado. Si no había para el colectivo, había para el camino.
El invierno que cambió todo
El primer temporal me agarró barriendo nieve de una galería que crujía. Con los dedos dormidos, pensé en volver al norte, pero la invitación llegó como un rescate: cuidar un refugio de madera en un valle que olía a leña húmeda. “Si aguantás julio, aguantás todo”, me avisó un viejo baqueano con un guiño.
No había ruido salvo el del hielo partiéndose en el techo y el del fuego que respiraba lento. Leí libros ajenos, cociné guisos espesos, y aprendí a reconocer el paso de un zorro por la huella en la escarcha. Una tarde, al ver las nubes abrirse, dije en voz alta: “Capaz que este sea mi lugar”. Y el eco devolvió un “capaz” que sonó a promesa.
Aprender a pertenecer
Me animé a una bici prestada y al club de andinismo con cuota solidaria. En la feria conocí a Mariana, que hacía cerámica con forma de ola y vendía tazas con valentía. “La Patagonia no te abraza, te prueba”, me dijo una noche de fogón, y yo asentí con la boca llena de humo y la cabeza llena de montañas.
Con los vecinos mapuche aprendí a escuchar antes de hablar y a agradecer con el cuerpo, no solo con palabras rápidas. Me enseñaron nombres de árboles, recetas con piñones, y un respeto que no entra en ningún manual. El sur no fue postal: fue silencio, fue espera, fue ritmo.
Una rutina con horizonte
Me inventé horarios con olor a pino: mañanas de caminatas cortas, tardes de herramientas y noches de sopa caliente. Los lunes eran para arreglar cosas que no urgían, y los viernes para hablar de futuro con palabras chiquitas. Empecé a guardar no dinero, sino estabilidad en una caja de madera donde antes dormían mis miedos.
A veces me visitaba la idea de irme, pero el alba volvía con un filo de luz que me desarmaba el plan. “Quedate un poco más”, decía el lago sin decirlo, y yo aceptaba con una terquedad mansita.
Si pensás venir, tené en cuenta
- Traé menos ropa y más actitud: siempre falta una mano y sobra una excusa.
- Aprendé un oficio simple: cocinar, reparar, escuchar sin apuro.
- Cuidá lo que no es tuyo: acá todo se presta y todo se recuerda.
- Pagá con tiempo si falta plata: la confianza cotiza más que el billete.
- Respetá el clima: manda el viento y obedece la humildad.
Lo que me dejó el sur
No sé si me dio otra vida, pero me regaló otra manera de medir el día. Aprendí que la abundancia puede ser una olla compartida y que la pobreza es más liviana cuando hay compañía. “Lo mejor que me pasó fue quedarme sin plan”, me escuché decir, y me creí por primera vez.
Hoy camino por la costanera con un gorro viejo y una calma que no me queda chica. Sigo juntando changas, sigo anotando fechas, sigo saludando al panadero que guarda medialunas del día anterior. A veces me pregunto cuánto tiempo es suficiente para sentirse de un sitio; otras veces, simplemente prendo el fuego y dejo que el viento conteste a su modo.
Si alguna tarde me cruzás por un sendero con una mochila gastada y un termo abollado, preguntame por la casa de las cumbres. Te voy a señalar un mapa invisible y a decirte, con calma del sur, que lo importante no es llegar, sino aprender a quedarse. Y si te tiembla el miedo, arrimá al fogón: el mate está listo, y la noche, por suerte, es larga y amistosa.

