El viaje empieza cuando la ruta se vuelve arcoíris. Entre laderas estriadas y pueblos diminutos, aparece un lugar donde el vino crece en silencio y el tiempo se afloja. Allí, al pie de cerros que parecen pinturas, la vida huele a jarilla y a uva recién aplastada. “Vení despacio, porque todo se mira mejor”, me dijo un puestero con sombrero de ala ancha. Tenía razón: en este pueblo jujeño, los días corren en cámara lenta.
Dónde queda y cómo llegar
El escenario es la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy, con su carretera serpenteante y sus colores imposibles. El pueblo es Maimará, a mitad de camino entre Tilcara y Purmamarca, abrazado por la Paleta del Pintor. Se llega por la RN 9, una cinta asfáltica que sube desde San Salvador de Jujuy entre cardones, barrancas y ventanas abiertas.
Desde Salta capital, el camino cruza valles tibios y gargantas de piedra; desde Jujuy, apenas una hora y media de curvas amables. Los colectivos paran en la carretera y las mochilas bajan cargadas de ansias. “Acá el paisaje es el que maneja”, dice un chofer y la frase se queda pegada al vidrio.
Viñedos de altura que descolocan
En Maimará y sus alrededores, las parras trepan a 2.300 metros y, en algunos proyectos cercanos, rozan los 3.000. La altura es un laboratorio: días radiantes, noches muy frías, aire seco y suelos pobres que obligan a la vid a concentrarse. El resultado son vinos con aromas filosos, taninos tensos y una acidez que despierta.
Aquí prosperan el Malbec y el Cabernet Franc, pero también el Torrontés de montaña y viejas criollas que vuelven al ruedo. Bodegas de altura como Fernando Dupont en Maimará, y proyectos familiares en Uquía y Huacalera, invitan a probar entre pircas y acequias. “Acá la uva escucha el viento. Por eso habla distinto en la copa”, dice una enóloga con las manos teñidas de violeta.
Un ritmo de pueblo: menos gente, más respiro
Quien viene desde la bulliciosa Salta siente que aquí hay la “mitad de gente”, o al menos la mitad del apuro. La plaza respira a mate tibio, un perro duerme en la vereda y el sol retrocede apenas se esconde en la paleta mineral del cerro. El cementerio escalonado mira al valle, como si cuidara las sombras y bendijera las parras.
La vida cotidiana tiene rituales pequeños: la feria de verduras andinas, el aroma a empanadas recién horneadas, el saludo de quien pasa y te nombra. El turismo existe, sí, pero el rumor es suave y los atajos conducen a huertas y bodegas donde el tiempo se estira.
Caminos de colores, a un volante de distancia
La Paleta del Pintor estalla frente al pueblo como una pared geológica. A pocos kilómetros, Purmamarca abre su Cerro de los Siete Colores, y más arriba, cerca de Humahuaca, las Serranías del Hornocal despliegan catorce pliegues de rojo, ocre y verde. Es un corredor cromático que parece irreal y, sin embargo, está a cada curva del camino.
Conviene salir temprano, con agua, abrigo y respeto por la altura. Las fotos se hacen solas, pero el mejor lente es el ojo reposado. “No venimos a ganar, venimos a mirar”, apunta un guía mientras el sol baja como un telón.
Qué hacer en dos días
- Recorrer la bodega local y catar vinos de altura con quesos de cabra y dulces de cayote.
- Caminar entre viñedos al atardecer hasta un mirador sobre la Paleta del Pintor.
- Tomar la RN 9 hacia Purmamarca y luego subir a Humahuaca para ver el Hornocal.
- Visitar la Posta de Hornillos y atar nudos en un hilo de recuerdos.
- Comer humitas a la olla, empanadas jugosas y carne de llama con quinua.
Sabores que arropan y camas con adobe
La mesa se llena de humitas, tamales, estofados de llama y panes con anís. Los vinos locales brillan con platos picantes, y el Torrontés, floral y seco, se entiende con ají y maíz. Hay restaurantes de familia que sirven porciones generosas y consejos aún más grandes.
Para dormir, posadas de adobe, hostales con patios de aljibe y casitas con techos de cana. Algunas bodegas ofrecen habitaciones entre viñas, donde la noche es negra y el cielo, un mapa de agujeros de luz. Conviene reservar en temporada alta y preguntar por visitas a cosecha.
Cuándo ir y cómo cuidarse
Entre marzo y mayo, la vendimia trae pequeños festejos, racimos dulces y tardes dóciles. En invierno, el cielo es de un azul inverosímil, pero las noches muerden: abrigo y termos. El verano pinta de verde las laderas y los aguaceros refrescan la polvareda; manejo atento y respeto por las tormentas.
La altura se siente: beber agua, caminar sin prisa y evitar excesos el primer día. El sol pega fuerte, incluso con viento fresco: sombrero, protector y anteojos. Después, dejarse llevar por el compás del valle y brindar, si se quiere, por esa locura feliz que hace decir a los locales: “acá hay más viñas que en Mendoza y menos gente que en Salta”. Es broma, claro, pero la sensación, entre cerros de colores y copas claras, es deliciosamente verdadera.

