Desde la forzada salida de Diego Maradona de la selección, tras ser sancionado en el Mundial de 1994 por dopaje, el fútbol argentino había estado buscando a un nuevo Diez.
Ariel Ortega, Pablo Aimar y Andrés D’Alessandro, por mencionar algunos, se sentaron en el trono — o más bien, fueron colocados allí por los aficionados y los medios — y soportaron bajo la fría sombra alargada por la estelar figura argentina de 1,61 metros.
Ese fue el peso de las expectativas que Lionel Messi llevaba sobre sus hombros cuando saltó al césped en 2006 para su debut en la Copa del Mundo, con apenas 18 años.
Cabe señalar que el zapato parecía ajustarse casi demasiado bien. Un mediocampista creativo, corto, habilidoso y veloz de zurda, más apto para explotar espacios estrechos para anotar que para ejecutar regates o dar la asistencia perfecta; casi parecía déjà vu.
Ahora, cuando el heredero convertido en rey vuelve a abandonar el trono, será su propia sombra la que pese sobre los hombros de la nueva generación, la cual —como Messi afirmó en su carta de despedida— está tocando a la puerta.
Pero si la historia de Messi nos ha enseñado algo, es que incluso para “el elegido,” hacerse con la legendaria camiseta número 10 de Argentina y hacerla propia nunca es sencillo, y aceptar eso será el primer paso hacia adelante para los aficionados.
El ascenso
La carrera de Messi con la Argentina comenzó con mal pie. Ingresado como suplente en la segunda mitad de un amistoso contra Hungría en agosto de 2005, fue expulsado apenas 43 segundos después —la primera de tan solo tres tarjetas rojas que recibió a lo largo de su carrera— tras propinar un golpe a un defensa que le sujetaba la camiseta.
Sin embargo, su talento resultaba tan evidente que el entrenador en jefe José Pekerman lo convocó para la Copa del Mundo de 2006 en Alemania. Anotaría su primer gol en mundiales en su debut ante Serbia y Montenegro, aunque nadie esperaba realmente que Messi se erigiera campeón en ese momento.
Era un talento prometedor, quizá el más prometedor de Argentina en años, pero otros ya habían ocupado ese puesto antes y nunca logró afianzarse en el once titular.
Cuatro años después, era un momento muy distinto.
En ese lapso, la estrella nacida en Rosario —aún con solo 22 años— había pasado de ser un prospecto a, indiscutiblemente, el mejor futbolista del mundo.
Bajo la tutela de Pep Guardiola, floreció en el Barcelona como el delantero más letal del fútbol europeo, ganando dos Balones de Oro y convirtiéndose en la estrella principal de un equipo que alzó seis trofeos en un año, entre ellos la liga española, la Liga de Campeones de la UEFA y la Copa Mundial de Clubes de la FIFA.
La carga recaía ya por completo sobre sus hombros. Y, sin embargo, faltaba algo.
Después de la salida del técnico José Pekerman, la selección argentina experimentó un considerable alboroto, con el reemplazo Alfio Basile presuntamente expulsado por un grupo dentro del plantel en favor del propio Maradona.
Pero por más talento que El Diez hubiera mostrado con el balón en los pies, y tan enigmática como resultaba su presencia en el banco, sus dotes en el tablero táctico parecían no estar a la altura.
La etapa de Maradona como entrenador de la selección estuvo marcada por convocatorias extrañas de jugadores fuera del alcance —y a menudo la capacidad técnica requerida— de la selección, y una falta de identidad táctica, algo que llevó al equipo a clasificarse apenas (y milagrosamente) para el Mundial de 2010.
El rey ridiculizado
Entre todo ello, Messi parecía batallar. Formado dentro del enfoque sumamente táctico y basado en sistemas del FC Barcelona, no siempre lograba rendir cuando se le otorgaba la libertad y la responsabilidad de cargar con la carga creativa del equipo.
Argentina, con un Messi gris, fue eliminada por Alemania en los cuartos de final, con la estrella de Rosario sin anotar ni un solo gol. Una Copa América 2011 poco inspiradora en Argentina, bajo una gestión aún más desorientada por parte del exasistente de Maradona, Sergio Batista, no hizo sino empeorar las cosas.
Fue entonces cuando quizá comenzó a arraigarse la idea más cruel sobre Messi: que no podía ganar sin sus compañeros del FC Barcelona. Su capacidad para leer el juego caminando por el campo y entrar en acción solo en el momento adecuado se convirtió en objeto de críticas, ira y burla.
Su personalidad también quedó en el punto de mira. En contraste con la actitud impetuosa y desmesurada de Maradona, Messi parecía tímido, callado y contento. La idea de que no podía imponerse ni tomar el control de un partido por su propia determinación se sembró y se pudrió en las mentes de los aficionados.
El hombre que estuvo tan cerca
La llegada de Alejandro Sabella en 2011 pareció demostrar que se habían aprendido lecciones. Un entrenador centrado en el sistema que dejó atrás la ingenuidad táctica permitió que Messi floreciera en Brasil 2014 y condujera a Argentina a la final.
Pero en una cruel voltereta del destino, Messi pasó de “lejos” a “casi”. Derrotas consecutivas en las finales de la Copa del Mundo 2014 y de las Copas América de 2015 y 2016 cambiaron la narrativa.

Ahora Messi no era simplemente “mejor con Barcelona”; el hombre que pronto ganaría más trofeos que cualquier futbolista jamás fue acusado de doblarse ante la presión de representar a Argentina en las grandes citas.
En 2016, quizá extenuado y seguramente frustrado, anunció de forma poco ceremonial su retirada de la selección en la zona mixta de la final de la Copa América.
El reinicio
Fue, a decir verdad, una breve renuncia. Solo dos meses después, y sin perderse ningún partido oficial, Messi anunció que regresaba, citando su amor por Argentina como la principal razón.
Sin embargo, ese breve periodo, ese final que no fue, pareció cambiar algunas cosas, para Messi y para los aficionados argentinos.
Messi, ya entrando en la treintena y habiendo vivido numerosos desamores y desilusiones no solo con la Albiceleste sino también con el FC Barcelona, parecía más decidido que nunca, más sereno que nunca.
Se expresó con más contundencia; se le vio discutir más seguido con rivales y árbitros. Aunque seguía siendo, en general, superior en el campo, parecía más humano, más falible.
Para los aficionados, por fin cayó la máscara. El trono de Maradona siguió vacío, tal vez, pero la posibilidad de perder al hombre que más se había acercado a ocuparlo se volvió entonces muy real durante esos dos meses. La pesada carga finalmente fue aliviada.
Casi cuando sonaron las alarmas, los argentinos aprendieron que disfrutar de Messi era mucho mejor que esperar al próximo Maradona.
La despedida más hermosa
Los años posteriores al regreso de Messi estuvieron marcados sobre todo por el derroche de ese “inicio del final” en un momento en que más dolía. Periodos poco inspiradores bajo los entrenadores Edgardo Bauza y Jorge Sampaoli dejaron a Argentina sin timón justo cuando el reloj de Messi sonaba con más prisa.
Y sin embargo, como una flor de loto, la belleza nació del caos.
El 29 de noviembre de 2018, se confirmó a Lionel Scaloni como entrenador de la selección argentina. La decisión fue objeto de dudas en aquel momento. Scaloni, de 40 años, no tenía experiencia previa como entrenador en jefe de primer nivel, aparte de un exitoso periodo como entrenador interino con la Albiceleste desde septiembre.
Pero todo de alguna manera encajó.
Scaloni y un cuerpo técnico formado por exjugadores de Argentina lograron incorporar una nueva generación de futbolistas a la selección, al tiempo que devolvieron la vida a quienes se habían quedado rezagados.
Lo más importante es que Messi encontró un cuerpo técnico y un conjunto que le permitieron florecer sin cargarlo en el terreno y que le dieron la libertad para tomar las riendas fuera del terreno.
“Quiero estar, quiero ganar algo con la selección,” dijo en marzo de 2019. “Estuve muy cerca, y voy a seguir intentándolo.”
No fue instantáneo ni fácil, pero para cuando llegó la Copa América de 2021, Argentina había construido una sinfonía de sistema y creatividad, de apoyo y chispa. Cuando el silbato final anunció la estrecha victoria 1-0 sobre Brasil en el famoso estadio Maracaná, Messi se desplomó en el césped, celebrando. La pesada carga finalmente fue aliviada.

Un año después, un Messi inspirado llevó a Argentina a su tercer título mundial, sellando para siempre su legado tanto en el fútbol internacional como en Argentina.
En el último minuto, mucho más allá de su mejor momento, obtuvo los elogios y la admiración que merecía, pero quizá no los había ganado doce años antes.
La despedida
Parece injusto que la estructura y el fuego que por fin permitieron a Messi prosperar con Argentina llegaran solo al final de su carrera.
Como le dijo a su padre en una carta abierta publicada tras su fallecimiento, menos de un mes después de que Argentina perdiera la final del Mundial 2026 ante España, a pesar de gozar por fin del reconocimiento universal de los aficionados y de un entrenador que le dio el equipo y las herramientas para ganar, sus piernas ya no tenían “nada que dar.”
Messi había pasado su juventud empujando cuesta arriba y sus últimos años tratando de frenar la caída.
Al anunciar su retirada de Argentina tres semanas después, con el corazón roto pero con la sabiduría de los años, Messi pareció entender que la búsqueda de su heredero comenzaría casi de inmediato.
“Hay chicos que vienen detrás de mí y merecen su oportunidad,” escribió en su despedida el 31 de agosto. Pero, al igual que la búsqueda de un nuevo Maradona, la búsqueda de un nuevo Messi resultará infructuosa.
Argentina tendrá otro No. 10, y tal vez el mayor legado que Messi pueda dejar a los aficionados sea un recordatorio de mostrar gratitud y aprecio por quien tome su lugar en el campo y de tener la paciencia para no empujarlos con dureza contra el frío mármol de su trono.
No habrá otro Messi, y eso es algo bueno. Para quienes fueron testigos de su grandeza desde el momento en que por primera vez vistió la camiseta de la Albiceleste hasta su despedida llorosa en el Mundial 2026, ninguna experiencia volverá a acercarse.
Él seguirá siendo único y sublime, tal como lo fue Maradona antes que él.

