Veinte años sin Jorge Julio López: el hombre que desapareció dos veces

En las primeras horas del 18 de septiembre de 2006, Jorge Julio López, un humilde albañil jubilado de 76 años, salió de su casa en La Plata. Iba camino al juicio, donde sus abogados iban a presentar sus argumentos de cierre contra el hombre que lo había torturado y mantenido en cautiverio treinta años antes, durante la dictadura militar: Miguel Osvaldo Etchecolatz.

Pero López nunca llegó. Su desaparición fue clasificada como desaparición forzada, y su destino permanece hoy en misterio.

López es considerado la primera y única persona que desapareció tanto durante la última dictadura militar argentina, que duró de 1976 a 1983, como después de que regresó la democracia.

Fue uno de los testigos principales en el caso contra Etchecolatz, un antiguo director de investigaciones de la Policía Provincial de Buenos Aires y uno de los repressores más temidos de la dictadura.

Etchecolatz fue el primer autor intelectual en someterse a un juicio por crímenes de lesa humanidad en 2006, tras la anulación de las leyes de indulto dictadas a finales de los años ochenta.

Miguel Osvaldo Etchecolatz murió en 2022 a los 93 años. Nació el mismo año que López. Foto de Télam

Tres meses antes de su desaparición, López testificó sobre los crímenes atroz de este ex-policía. Su testimonio ayudó a establecer el papel de Etchecolatz como represor. Fue condenado a cadena perpetua al día siguiente de la desaparición de López.

Su segunda desaparición hizo resurgir fantasmas de la época más oscura de Argentina. Mientras algunos —incluidas las autoridades y su propia familia— al principio creían que el jubilado podría haberse perdido o haber sufrido un problema de salud, la hipótesis principal detrás de su ausencia es que Etchecolatz, miembros de la Policía de la Provincia de Buenos Aires u otros grupos opuestos a los juicios de la dictadura —o los tres — podrían haber estado detrás de ello.

Quienes sostienen esta tesis creen que López fue secuestrado para mandar un mensaje contra los juicios y forzar la cancelación de los procesos judiciales.

“No nos dimos cuenta hasta mucho después de que esto tenía que ver con su testimonio,” dijo a The Herald, antes de la conmemoración, su hijo, Rubén López. “Él no solo identificó a Etchecolatz, sino a varios otros repressores.”

Veinte años después, la verdad de lo sucedido continúa siendo un misterio. No ha surgido evidencia concreta de su paradero y la investigación permanece abierta.

Retratos de Jorge Julio López, por la fotógrafa Helen Zout

La primera desaparición

Tras el golpe de estado militar del 24 de marzo de 1976, López, entonces de 46 años, comenzó a colaborar con el grupo guerrillero peronista Montoneros. Fue secuestrado por la Policía de la Provincia de Buenos Aires el 27 de octubre de ese año, junto con varios de sus camaradas.

Etchecolatz dirigía la operación.

López pasó por cuatro centros clandestinos de detención —conocidos como “campos de la muerte”— en La Plata. Sufrió torturas incesantes con descargas eléctricas y fue testigo de que muchos de sus compañeros de cautiverio y de lucha eran ejecutados a sangre fría.

Décadas después, López testificaría ante un tribunal sobre cómo Etchecolatz lo torturó utilizando la picana eléctrica. “Sube un poco más. Este gringo se estaba riendo antes. Vamos a matarlo, hijo de puta,” habría dicho el jefe de la policía, según el relato de la víctima.

López fue liberado después de más de dos años de cautiverio, en junio de 1979.

Testimonio

López comenzó a reunirse de forma esporádica con sus compañeros de celda liberados tras la restauración de la democracia en 1983.

En 2006, tras la abolición de las leyes de indulto y la reanudación de los juicios de la dictadura por parte del poder judicial, se unió a un grupo de sobrevivientes y abogados de derechos humanos que estaban planeando una estrategia legal para procesar a los responsables.

“López quería ser parte de ese proceso. Participó de forma activa,” dijo a The Herald Guadalupe Godoy, una de las abogadas que lo representaba.

Ofreció un estremecedor testimonio el 28 de junio de 2006, visiblemente afectado por temblores que habían comenzado años antes.

Foto de uno de los muchos dibujos que López hizo en casa para recordar lo que sucedió durante su detención ilegal. Sus apuntes aparecen al fondo. Foto de Helen Zout

“Mi padre estaba ansioso por testificar. Entendimos por qué insistía tanto cuando lo escuchábamos hablar. Él nunca nos había contado nada,” recordó su hijo Rubén López.

“Dejó caer el peso que sentía, la responsabilidad de hablar sobre lo que había visto, sobre cómo sus camaradas eran torturados y asesinados,” dijo Rubén. Para su padre, hablar era “un deber moral”, pero también una promesa que había hecho a sus compañeros de celda.

La segunda desaparición

Lunes, 18 de septiembre de 2006, fue el día en que los abogados debían presentar sus argumentos de cierre. López no testificó ese día, pero debía estar presente para que sus abogados, incluido Godoy, pudieran hablar en su nombre.

También era una oportunidad para enfrentarse de nuevo a Etchecolatz, que no había estado presente cuando él testificó. Su hijo y abogado afirmó que quería verlo de nuevo tras todos esos años.

Rubén lo vio a su padre la noche anterior. Estuvo “calmo, normal, aunque un poco ansioso,” dijo.

Aquella mañana del lunes, el hijo menor de López, Gustavo, que vivía en la casa de sus padres, se levantó temprano para prepararse para la audiencia de su padre. López no apareció. La ropa que había llevado a las audiencias anteriores seguía tendida en una silla.

Lo único que faltaba de la casa era una pequeña navaja de jardinería y un par de botas que nunca había usado.

Se hizo evidente que algo había ocurrido cuando Gustavo llegó al edificio municipal donde se celebraba el juicio y vio que su padre tampoco estaba allí. Los abogados no lo habían visto.

“A primera hora pensamos que podría haber sufrido algún episodio físico o mental, como un ataque de pánico,” recuerda Rubén.

Sin embargo, los compañeros supervivientes y sus abogados interpretaron la situación de otra manera. “Lo único que sabíamos es que su ausencia tenía algo que ver con el juicio. Al principio pensamos que tal vez estaba angustiado porque recordaba cosas, pero rápidamente nos dimos cuenta de que era algo distinto,” dice Godoy.

Sintieron la certeza de que López había sido llevado, tal como lo había sido en 1976.

La familia denunció la desaparición en una comisaría, y el demandante lo hizo ante la oficina del tribunal federal encargada del caso Etchecolatz.

Rubén recordó que su padre no recibió custodia especial ni protección adicional después de testificar. “Confiábamos plenamente en el sistema de justicia y en el estado.”

“Todos los argentinos creían que los repressores ya habían terminado con su maldad en 1983, cuando regresó la democracia,” dijo Rubén. “Después de lo que le pasó a mi padre, quedó claro que seguían entre nosotros y practicando las mismas conductas de la dictadura. No pensábamos que esto volvería a ocurrirle a él.”

Lo que sorprendió a muchos fue que la segunda desaparición de López ocurrió durante el gobierno de Néstor Kirchner, quien consideraba llevar justicia a las víctimas de la dictadura como una prioridad máxima.

“Hubo poca preparación y previsión sobre el poder que aún ostentaban ciertos grupos vinculados a la dictadura,” dijo el periodista Miguel Graziano, autor del libro de investigación de 2013 En el cielo nos vemos, basado en el caso López.

Graziano sostiene que hubo una sensación de ingenuidad tanto dentro del estado como entre las organizaciones de derechos humanos a la hora de proteger a los testigos. Para las autoridades nacionales y provinciales, que inicialmente negaron que López pudiera haber sido trasladado por su testimonio, la desaparición fue “un golpe duro,” añadió Graziano.

“Políticamente, para ellos era mejor negarlo que aceptarlo.”

Una búsqueda infructuosa

La investigación de su desaparición estuvo plagada de irregularidades y fue descrita por Rubén como desorientada. A pesar de la insistencia de los abogados, las autoridades trataron la ausencia como un caso de persona desaparecida.

La Policía de la Provincia de Buenos Aires encabezó la búsqueda, algo que las organizaciones de derechos humanos se opusieron debido a la sospecha de que la fuerza podría haber estado involucrada en el posible secuestro.

Algunos testigos dijeron haber visto a López caminando por su barrio aquella mañana. Los investigadores lograron seguir sus huellas durante cinco cuadras desde su casa hasta la puerta de Susana Gopar, una mujer que, según se decía, trabajó como secretaria de Etchecolatz a finales de los años setenta. Aunque ella negó cualquier vínculo con el repressor, aparecía en la agenda telefónica de Etchecolatz.

Las huellas de sus pasos terminaron allí, pero su posible implicación nunca fue probada.

En 2008, la justicia comenzó a investigar el caso como una “desaparición forzada potencial” y apartó a la Policía de la Provincia de Buenos Aires de la investigación a solicitud de las organizaciones de derechos humanos.

“Queríamos que la investigación se centrara en aquellos que querían impedir que los juicios continuaran para mantener su impunidad,” dice Godoy.

En 2014, Etchecolatz fue fotografiado sosteniendo un papel con el nombre de Jorge Julio López escrito en él durante una audiencia judicial en la que fue condenado por violaciones a los derechos humanos cometidas en un campo de exterminio. El incidente fue investigado, pero la investigación no arrojó resultados.

El caso hoy

A lo largo de las dos últimas décadas surgieron infinidad de pistas falsas. Los investigadores revisaron millones de llamadas telefónicas y el registro de visitas de la prisión donde Etchecolatz y otros repressores estuvieron recluidos.

Algunas irregularidades aparecieron en el registro, pero en general las pesquisas fueron inconclusas.

El Ministerio de Seguridad ofrece actualmente una recompensa de 5 millones de pesos argentinos (aproximadamente 3.200 dólares) a quien aporte información factible sobre el paradero del albañil.

“Para mí, esta es una historia de impunidad por la desorganización y las decisiones equivocadas en la investigación,” dijo Graziano.

Una protesta exigiendo que Jorge Julio López aparezca con vida. Foto de Télam

A pesar de los esfuerzos del poder judicial, dijo Rubén, “el problema es que no sabemos nada.”

“Hay muy poca evidencia para demostrar quién organizó esto y quién lo llevó a cabo. Alguien planificó esto —todos pensamos que podría haber sido Etchecolatz o alguno de los otros repressores—,” dijo Rubén. “Pero otra persona hizo el trabajo sucio, porque los repressores estaban todos en la cárcel en ese momento.”

Rubén resumió la situación con una irónica amarga: “En 1977, casi seis meses después de que desapareciera, en el momento más duro de la dictadura, mi padre pudo avisarnos a través de otra persona que estaba vivo. Dos meses más tarde, pudimos visitarlo,” afirmó.

“Hoy, 20 años después de su segunda desaparición y en una democracia, cuando estas cosas no deberían ocurrir, todavía no sabemos qué le pasó,” lamentó el hombre. “Eso resume toda la rabia que sentimos: nadie lo protegió y el caso no se ha resuelto.”

La familia sigue exigiendo que López aparezca con vida. Quieren que se les diga qué pasó con él y por qué no ha sido encontrado.

Godoy y Graziano creen que, a pesar del progreso limitado en los últimos 20 años, la persistencia de los grupos de derechos humanos finalmente ayudará a que exista justicia para López, incluso si hace falta muchas décadas más —como ocurrió con Etchecolatz y en numerosos otros juicios en curso por crímenes cometidos a finales de los años setenta.

Mientras tanto, López está siempre presente en la vida de Rubén. Decidió continuar el activismo por los derechos humanos de su padre y también lo recuerda a través de las actividades diarias, comunes, que le evocan los momentos en que lo llevaba a trabajar a su cobertizo de herramientas junto a Gustavo. “Uso su pala, su pico y su carretilla todos los días.”

“Lo recuerdo haciendo lo que hacía, apoyando su causa y otras causas. Simplemente tratando de mantener viva su legado.”

Miguel Álvarez

Autor

Miguel Álvarez

Periodista especializado en transporte urbano y movilidad cotidiana. En TransOnline explica recorridos, tarifas y cambios que afectan a los pasajeros en Argentina.

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